Sueños enmascarillados

Por Sergio Durán

Está esa gente miedosa que alguna vez te cruzas y oyes cómo dicen, ¿Ves a esos?, son los que tienen la culpa de la pandemia. O los jóvenes que hacen fiestas. Esos son los que transmiten el virus. Y es que hay que ser formales. Despertarse cada mañana, enjabonarse y ponerse una mascarilla. Con ella saldrás de casa y pasarás el día viendo a tus semejantes tan enmascarados como tú.

La mascarilla tapa más de la mitad del rostro. Estamos aprendiendo a sonreír solo con los ojos en pocos meses. Todo una adecuación de especie animal al medio. Más allá, solo hay rostros inexpresivos que no invitan a nada. El diálogo callejero ha sido interrumpido. Y quien entra a un bar parece que asume un riesgo y una culpa. Y es que la izquierda participa y asume esa moral antigua salida de los más oscuros pasajes del cristianismo medieval. La hostelería es el germen del mal.

Así es. Yo he visto hasta mujeres fumando en los bares. Al menos en sus terrazas. Y eso no puede ser bueno. La mujer debe trabajar, no ir a los bares. Trabajar la hará libre. Eso rezaba en cemento no se qué actual lugar de visita turística. Búsquelo usted amable lector. Como si el estar ocho horas laborando realizase y definiese a una persona. Bendito feminismo ministerial, hijo del capitalismo más atroz, que en cuarenta años ha conseguido pasar de la situación en la que una familia alcanzase su sueño económico con un sueldo, a que ahora con dos no llegue a final de mes. ¿Nadie se da cuenta que el feminismo, al igual que las ideologías de integración intercultural migratoria son hijas del capitalismo más salvaje?.

Pero además la mascarilla nos recuerda el miedo al contagio. Y no te fíes de los hospitales porque nadie sabe lo que ocurre en el interior de las alas Covid. Así que mejor llévala siempre, no hables con nadie y no se te ocurra tomarte un vino español. Da gracias a los políticos que cuidan de nosotros. Sobre todo eso. Al guaperas, al cheposo y al tullido. Todos son un gran equipo.

España ha caído un diez por ciento en su producto interior bruto y tiene alrededor de 5 millones de parados reales. Ni un amago de huelga o de protesta. Es normal. Cuando nos podamos quitar la mascarilla podremos gritar. Ahora no. No vaya a ser que nos contagiemos. Control social. El estado de alarma finaliza, y tenemos una ley que da a las comunidades autónomas la gestión, excepto por la mascarilla; esa continua. No vaya a ser que la gente comience a gritar.

Vi una vez una película sobre la primera guerra mundial. Un sargento tocaba el silbato para que unos soldados corriesen desde la trinchera a la muerte segura. Vi la misma escena sobre la segunda guerra mundial en la defensa de Stalingrado por tropas rusas corriendo desarmadas. Y ahora la veo en España con sectores económicos enteros silbados por políticos de medio pelo.

Y vi una heroína en un video de Youtube. No se creía que la policía iba a tirar la puerta abajo. Eso sí que es una mujer, clamando por sus derechos sin mascarilla. Ni marquesa ni enlatigada, solo una mujer. Antes pasará ella a la historia que el ministro ariete, que sobre una ley, da protocolos, sobre los que hacer circulares sobre los que finalmente tirar una puerta abajo. Cuando vi ese video no pude sino recordar las leyes nazis de esterilización; también se cumplía la ley. Enhorabuena ¡¡¡, siempre habrá alguien que diga que se lo merecían, que ellos contagian, como en cada negocio judío cerrado otro se abría complaciente al público. Y así acabaron, ministro ariete.

Siempre son sectores sacrificados de la economía real, la privada. Pero no he visto ningún político, ni al guaperas, ni al tullido ni al cheposo, pero tampoco a los niños buenos de papá ni a los barbas vikingas que hayan debatido sobre que el sector público asuma un mínimo de coste, por ejemplo renunciando a las pagas extras de este año. Y es que lo que no quiere hacer nunca el político es soltar el silbato, no vaya a ser que acabe él en la trinchera.

¡Cuánta costra enraíza en España!. ¡Ay mascarilla mía, gracias por taparme la nariz!