El acuerdo de China con Arabia Saudí es un desastre para Biden

Por Con Coughlin

Nada ilustra mejor la absoluta ineptitud de la Administración Biden en sus relaciones con Oriente Medio que la decisión de Arabia Saudí de forjar una alianza estratégica con China. Justo cuando Washington debería estar trabajando horas extras para reforzar sus lazos con aliados de larga data como los saudíes a fin de combatir la creciente amenaza que supone Irán para la seguridad regional.

Aparte de los progresos profundamente alarmantes que, según se dice, están logrando los ayatolás en sus esfuerzos para producir armas nucleares, el nuevo eje del mal que se ha establecido entre Moscú y Teherán en los últimos meses significa que Irán recibirá pronto aviones de guerra rusos de última generación para incorporarlos a su arsenal militar.

En el marco de lo que tanto la Casa Blanca como Downing Street calificaron de «tratos sórdidos» entre ambos países, Irán debe recibir el próximo año aviones de combate rusos Su-35, así como otros equipos y componentes militares avanzados, incluidos helicópteros y sistemas de defensa antiaérea. A cambio, Irán proporciona a Rusia cientos de sus drones kamikazes Shahed-131 y Shahed-136, que se autodestruyen al alcanzar el objetivo.

Como explicó el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, John Kirby, en una sesión informativa en Washington, Moscú ha ofrecido a Teherán «un nivel de apoyo militar y técnico sin precedentes», que «transforma su relación en una asociación de defensa plena».

Funcionarios de la Administración Biden han informado de que los pilotos iraníes ya están recibiendo formación en Rusia sobre cómo pilotar los cazas Su-35.

Se mire como se mire, la creciente cooperación militar entre Rusia e Irán debería suponer una llamada de atención a la Administración Biden para que redoble sus esfuerzos por reafirmar su compromiso con aliados clave en la región como los saudíes, que se han comprometido a resistir cualquier intento de Teherán de expandir su maligna influencia en la misma.

La determinación de Riad de resistirse a la conducta agresiva de Irán quedó reflejada en los recientes comentarios del ministro saudí de Asuntos Exteriores, príncipe Faisal ben Farhan al Saúd, quien advirtió de que «todo está en juego» si Teherán consigue su objetivo de adquirir un arma nuclear operativa. «Nos encontramos en un momento muy peligroso (…) Es de esperar que los Estados de la región busquen (…) la manera de garantizar su propia seguridad», añadió.

La enérgica postura de Riad ante la conducta belicosa de Irán es exactamente el tipo de respuesta que Washington necesita ver de sus aliados a la hora de hacer frente a dicha amenaza. Sin embargo, gracias a la deliberada negligencia de la Administración Biden en sus relaciones con los saudíes, Riad busca en cambio establecer una asociación con Pekín, como quedó patente en la fastuosa recepción ofrecida al presidente chino Xi Jinping durante su visita de Estado al reino, este mismo mes.

Pocas veces un líder extranjero ha sido objeto de un despliegue oficial tan fastuoso. El príncipe heredero saudí, Mohamed ben Salmán, no escatimó para ofrecer al líder chino una calurosa bienvenida, que incluyó una escolta en jet a su llegada.

Durante su visita de tres días, Xi mantuvo extensas conversaciones con el príncipe heredero, gobernante de facto de Arabia Saudí, así como con otros altos cargos del reino, y firmó un acuerdo de asociación estratégica que estrechará los lazos entre Riad y Pekín en una serie de áreas, como la defensa y la tecnología.

Un aspecto especialmente llamativo del acuerdo fue un pacto con el gigante tecnológico chino Huawei para suministrar a los saudíes servicios de computación en la nube y permitir la construcción de complejos de «alta tecnología» en ciudades saudíes, según funcionarios del reino.

Huawei ha sido calificada de amenaza potencial para la seguridad por Estados Unidos, ya que los servicios de inteligencia afirman que mantiene estrechos vínculos con el Partido Comunista Chino y podría ser utilizada para llevar a cabo operaciones de espionaje.

Que Riad se aleje ahora de su tradicional alianza con Estados Unidos y refuerce sus lazos con Pekín es un desastre estratégico de proporciones épicas, y sirve como acusación condenatoria por el trato descuidado de la Administración Biden a los saudíes, del que el presidente es personalmente culpable.

Biden marcó la pauta de su tensa relación con la Familia Real saudí durante la campaña de las elecciones presidenciales de 2020, cuando calificó al reino de Estado «paria» por su implicación en el asesinato del disidente saudí Yamal Jashogui en Estambul en 2018; aunque nunca se ha escuchado angustia alguna por parte de la Administración Biden ante el secuestro y la presumible muerte del ex agente del FBI Robert Levinson a manos de Irán.

La invasión rusa de Ucrania obligó a Biden a replantearse su actitud hacia Riad, pues de repente cayó en la cuenta de que necesitaba que los saudíes aumentaran el suministro de petróleo para aliviar la presión sobre los precios mundiales.

Al parecer, a los saudíes no les impresionó que Biden saludara al príncipe heredero con un choque de puños cuando visitó el reino en verano, y el norteamericano se fue con las manos vacías, pues Arabia Saudí y otros países del Golfo ignoraron su petición de aumentar la producción de petróleo.

Además de consternados por la obsesión bidenita con reactivar el controvertido acuerdo nuclear con Teherán, los saudíes y otros líderes del Golfo están descontentos con la falta de apoyo que han recibido de Washington ante la constante amenaza que afrontan por parte de los rebeldes hutíes del Yemen, respaldados por Irán, a los que el secretario de Estado, Antony Blinken, eliminó de la lista estadounidense de organizaciones terroristas a las pocas semanas de comenzar el mandato de Biden, y que desde entonces lanzan regularmente misiles y aviones no tripulados de fabricación iraní contra Arabia Saudí y Emiratos.

Ahora, debido al incompetente manejo bidenita de la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí, Riad busca a Pekín para proteger sus intereses, lo que confirma el alarmante declive de la influencia estadounidense en la región ante lo huero del liderazgo del actual inquilino de la Casa Blanca.

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