Foucault denunciado. ¿El fin del mito progresista?

Por Sergio Fernández Riquelme

Los mitos siempre caen, aunque sea tardíamente. Y parece que también caerá, pese a la lógica resistencia, el gran referente del liberalismo progresista y el intelectual posmoderno por antonomasia, a nivel mediático y académico, Paul-Michel Foucault. Se denuncia que todos sabían y que todos callaron ante las acciones del “maestro” de Vigilar y castigar (1975) e Historia de la sexualidad (1976-1984).

El escritor Guy Sorman rompía el tabú establecido durante décadas, en su ensayo Mon dictionnaire du bullshit. Acusaba directamente a su antiguo maestro de prácticas sistemáticas de pedofilia con niños tunecinos durante su estancia en el país norteafricano. Todo documentado y de primera mano parece. Pero había que matar al mensajero: primero se hablaba que el denunciante era un neoliberal fracasado o un mero resentido en busca tardía de fama, después que la obra de Foucault era más importante que sus acciones morales, y finalmente que los niños a los que compraba eran simples “jóvenes efebos” en el límite legal de edad.

Ciertos actores conservadores sí que debían ser cancelados en vida o en muerte, por lo que hicieron o por lo que decían. Lo vemos con la cancelling culture casi todos los días. Pero a la sacrosanta intelectualidad gala le fue todo permitido, o eso dicen. Los padres de la “posmodernidad” (Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Jacques Derrida, Roland Barthes, Alain Robbe-Grillet, Louis Aragon y el mismo Foucault ) pedían en 1977, ni más mi menos, que legalizar las relaciones sexuales entre mayores y menores desde los 13 años; el pasado tenebroso, y bien conocido, de artistas como Paul Gaugin o André Gide se olvidaba ante su magna obra; y presentadores de televisión preguntaban, entre risas, al influyente escritor Gabriel Matzneff por sus conquistas de menores de edad durante muchos años (como, supuestamente, las de Christian Giudice, Yves Saint-Laurent o Pierre Bergé), o sus aliados presidenciales del momento hicieron caso omiso a las sospechas contra él (hasta que fue denunciado formalmente por la editora Vanessa Springora en 2020). Se dice que los hijos republicanos y laicos de Mayo del 68 les debían posiblemente demasiado: eran sus referentes del sistema, para romper los valores tradicionales sin compasión, superar las normas biológicas y sociales de antaño, y para poder combinar progresismo y capitalismo en su propio beneficio.

Pero a él, a Foucault, no se le podía cancelar. A otros sí, por los mismos supuestos pecados o por cosas incluso aún más nímias. Pero a él no. Porque casi todos lo citaban en sus trabajos y artículos (ante la falta de referentes marxistas o neomarxistas viables el siglo XXI), porque casi todos le debían los argumentos para construir la llamada ideología de género, porque casi todos acudían a él para fundamentar sus propuestas sociológicas actuales, y porque el “consenso político” advirtió el valor de sus tesis para legitimar las legislaciones políticas más transgresoras. A él no, se escucha el eco al unísono: descubrió como sentirnos revolucionarios viviendo como burgueses, alternativos siendo consumistas, rupturistas aceptando el poder, o solidarios comportándonos como hedonistas.

Se ha denunciado al mito al que tanto se debe, y veremos si cae y cuándo cae.

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional