La desindustralización en España ante la pandemia: soberanos o dependientes

Por Sergio Fernández Riquelme

No teníamos empresas para hacer mascarillas, para construir respiradores o para producir vacunas. La pandemia ha mostrado los efectos de la desindustrialización globalista en toda su crudeza. Un país desarrollado como España tenía que confiarse, haciendo frente al impacto del Coronavirus en sus diferentes fases, a negocios locales reconvertidos a toda prisa para hacer equipos de protección, a la iniciativa de particulares con impresoras 3D para crear máquinas al servicio de las UCIs, y a los intereses cambiantes de los negocios farmacéuticos anglosajones para poder inmunizar (incluso valorando la compra de la vacuna rusa Sputnik-V). Además, aprovechando esta crisis, se iban o se recortaban multinacionales como Alcoa, Nissan, Airbus o Bosch, dejando en la calle a miles de trabajadores ante la impotencia de los gobiernos (y recortes que llegaban, además, a empresas españolas como Abengoa o CIE Automotive); se aceleraba la “transición ecológica” que vaciaba comarcas provinciales enteras (y llenaba ciudades que soñaban ser “ecológicas”), sin alternativas laborales y sin esperanzas demográficas (en zonas de Aragón, Asturias o Galicia); el sector energético se encontraba mayoritariamente en manos extranjeras (que dictaban condiciones y precios); los “Fondos de inversión” (BlackRock, CVC, Cerberus, NML-Elliot, Dart) hacían caja en cada crisis, aprovechándose de la primacía del frágil sector servicios (con un peso del 65% en el PIB español) y del siempre especulativo negocio urbanístico; y se demostraba la enorme dependencia de España de su “industria turística y hostelera” (en términos de empleo y de ingresos), que se encontraba casi totalmente paralizada desde 2020.

El Coronavirus enseñaba nuestras costuras, abiertas desde hace décadas: desaparecían fábricas con elevada contratación, se perdían empleos de calidad, acababan inversiones a largo plazo, se esfumaban actividades de alto valor añadido, y las acciones de I-D+i estaban infra-financiadas o caían en saco roto (con investigadores y patentes que marchaban a otros países, en busca de un futuro mejor). Se mantenía, con ello, un desempleo alto y estructural, se propiciaban trabajos cada vez más flexibles y temporales, y ante la catástrofe teníamos que ir a comprar fuera, con urgencia y con mucha competencia, cosas vitales que necesitÁbamos y ya no podíamos o queríamos fabricar (la deslocalización salía muy rentable también a empresarios españoles).

Sin políticas industriales y tecnológicas capaces de conciliar tradición y modernidad, con sectores estratégicos, con trabajos dignos y con acuerdos multipolares, no hay soberanía nacional posible; es evidente a largo plazo (pintando cada vez menos en la escena internacional). Pero a corto y medio plazo aún resultaba más evidente, ya que sin dichas políticas se ha demostrado que es difícil establecer respuestas rápidas y sostenibles ante la recurrente crisis que acaba llegando más tarde o mas temprano (socioeconómica o sociosanitaria).

Ante cientos de miles de muertos y millones de parados a causa de la pandemia, resulta imprescindible volver a repensar sobre la autonomía económica española, clave para mantener nuestra imperfecta Sociedad del bienestar. Una soberanía al servicio de las verdaderas necesidades de los ciudadanos (desde los derechos con responsabilidades), y frente a esa dependencia impuesta, y aceptada sin rechistar por el “consenso liberal-progresista”, desde los poderes plutocráticos que gobiernan el mundo (y no precisamente en la sombra) y que dictan a los países y a sus líderes qué y quiénes deben producir, y qué y quiénes deben comprar. Ser soberano o ser vasallo, he ahí la cuestión, especialmente tras los “tiempos pandémicos”. Porque como nos enseñó Louis de Bonald “no son los deberes los que quitan a un hombre la independencia: son los compromisos”.

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional
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