La España vaciada. Un mundo que agoniza y un ejemplo del que aprender

Por Sergio Fernández Riquelme

Hace muchas décadas, nuestro insigne literato Miguel Delibes clamaba contra la progresiva desaparición del “mundo rural”. Y nadie le hizo caso. Estudió, a modo de inventario y con su magistral pluma, ese “mundo que agonizaba” ante el despoblamiento que contemplaba, a diario. en los campos de su Castilla natal. El progreso llamaba a huir de su atraso, a encontrar oportunidades en la gran ciudad, a olvidar una tierra de escaseces y esfuerzos, a emigrar para ser y para tener. Era el signo de los tiempos.

Pero no solo desaparecían pueblos y tradiciones de manera irremediable, sino una parte de la Historia colectiva de nuestro país; dejaban de usarse las palabras con las que definíamos la relación profunda entre el hombre y la naturaleza en ese contexto (comidas caseras, utensilios antiguos, profesiones artesanales, plantas cotidianas, animales con los que se convivía, paisajes legendarios, familias muy numerosas). Pocos quedaban, y eran cada vez más mayores, que pusieran nombre al entorno que les rodeaba, y supieran a lo que se dedicaba un talabartero, qué era una almáciga o para qué se usaba la tárama; y sin esas palabras que usar y recordar, este universo desaparecía de la vivencia y de la conciencia.

Y ahora, en el siglo XXI, se habla de la “España vaciada” (en amplias zonas de Aragón y Asturias, de Castilla León y Castilla la Mancha, de Galicia y La Rioja, y que llegaba incluso al interior de las regiones mediterráneas tan superpobladas), y se plantean soluciones técnicas o ideológicas, como siempre, para problemas que van más allá. Medidas, proclamadas como “reto” desde Gobiernos alejados de la realidad rural, que no ha sido efectivas ni posiblemente lo serán, más allá de casas rurales perfectamente urbanizadas, o supervivientes localizados que aprovechan la “denominación de origen”. Encontramos numerosos ejemplos: los pequeños y medianos agricultores españoles no pueden competir con los productos foráneos, se abandonan que tradicionales industrias que arraigaban a la población (de la minería a las centrales térmicas), las grandes inversiones no cuentan con ellos, los productos bio se fabrican ya en fábricas de polígonos suburbanos, y el coche eléctrico seguirá pasando de largo por la lejana autovía….

La Posmodernidad occidental ha acelerado la ruptura, real o simbólica, de la vinculación del actual Homo videns de Sartori con esa naturaleza recordada como dura y esforzada: las formas de vivir y pensar globalizadas son radicalmente urbanas, y las soluciones planteadas son meras expansiones de las necesidades de “urbanitas” educados en el confort: senderos por los que pasear, refugios donde descansar, paisajes donde hacerse un selfie, y explotaciones agrarias o ganaderas extensivas para dar de comer a todos los que, en el fondo, queremos vivir como burgueses en barrios perfectamente aseados. O son también expresiones del denunciado como postureo medioambiental e ilustrado, a modo de “todo para el pueblo (rural) pero sin el pueblo (rural)”: se apela a “lo ecológico” en anuncios y series, pero sin renunciar a casi ningún lujo, sin recuperar la experiencia tradicional, y sin proteger la denostada pero verdadera naturaleza humana (biológica y social) en los ámbitos esenciales, como demuestra la crisis demográfica (con nacimientos muy reducidos) o la destrucción de la familia (hacía hogares muy pequeños). Y así lo constató Delibes: “el hombre moderno vive ajeno a esas sensaciones inscritas en lo profundo de nuestra biología”.

No había vuelta atrás, y así lo tuvo que reconocer, lastimosamente, Delibes. Y quizás nunca ha habido un Plan B, como tampoco hay un Planeta B, como se ha publicitado en camisetas vendidas con dicho logo en Amazon o AliExpress). La fase avanzada del capitalismo lo supo muy pronto con la extensión de la exitosa “etiqueta ecológica” y los mediáticos pero escasos “neo-rurales”; crecía la “Siberia española” sin remedio, pese al repentino y temporal interés ciudadano por casas alejadas y abiertas en pueblos y huertas, con jardín o patio donde respirar, ante la traumática experiencia en las urbes confinadas que hizo llorar a una buena parte de los españoles en la crisis del Coronavirus (para no ser menos que los pobres habitantes de las regiones del Tercer Mundo, asoladas por epidemias recurrentes, la pobreza estructural o las guerras continuas).

No hay alternativa. Es duro decirlo, pero a los hechos nos remitimos. Las ciudades todo lo pueden y todo lo ofrecen, en una expansión ilimitada como fenómeno intensificado en la época de la Globalización. En ella crece la población (con sus nuevas urbanizaciones de adosados y chalets) y en ella está la oferta laboral más amplia; acoge todos los ocios posibles y permite todos los vicios imaginables; y permite estudiar para progresar, salir de fiesta para socializar, comprar a cualquier hora del día para disfrutar e incluso, si queremos, pasar totalmente desapercibidos ante vecinos y viandantes que no sabrán nuestros nombres ni se pararán a saludarnos.

Y por ello, la llamada transición ecológica no está hecha, y con probabilidad nunca lo estuvo, para salvar la naturaleza ni para recuperar el mundo rural. Nació para hacer “sostenibles” a las ciudades y sus modos de vida consumistas y contaminantes (como denunciaban, ante la represión, los Chalecos amarillos franceses), mejorando los estándares del aire, haciendo más parques o, directamente, aliviando la conciencia colectiva ante las consecuencias indeseadas de nuestro progreso.

Agoniza el mundo rural, como buena parte de otras realidades auténticamente naturales que han sido ejemplo de superación o supervivencia en nuestra evolución comunitaria. Pero esta Historia debe guardarse para aprender de ella, recuperando su solidaridad comunitaria, sus referentes identitarios o su capacidad de sacrificio; sirven, y mucho, para fundar esa España soberana, orgullosa de todas sus regiones y capaz de conciliar tradición y modernidad sin complejos. Como defendía Delibes, y conocía muy bien (fue brillante etnógrafo, paseante constante, y cazador responsable), “el campo es una de las pocas oportunidades que aún restan para huir”. Y no para zafarse del inevitable progreso material y humano (que tanto nos ha dado), sino para escapar de los falsos discursos, simplemente hedonistas, que niegan la verdadera y curtida naturaleza biológica y social; aquella que permite conciliar, imperfectamente pero realista siempre, la herencia recibida y los proyectos de mejora (que tanto nos dará).

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional