Las colas del hambre, o como siempre pagan los mismos

Por Sergio Fernández Riquelme

Cuando llega la crisis, siempre sufren los más necesitados. Ley de vida, nos vienen a decir. Ante trabajos cada vez más precarios y subsidios casi siempre precarizantes, las clases trabajadoras y medias pagan los platos rotos en España de malas decisiones y de peores remedios de gobiernos que se esconden con solidaridad propagandística o la burocracia de siempre.

Pasó desde 2008, con la crisis socioeconómica tras el estallido de la “burbuja financiera”, y ha vuelto a pasar desde 2020, con la crisis sociosanitaria de la “pandemia”. La misma imagen otra vez: filas con cientos y cientos de ciudadanos que han perdido sus trabajos o sus negocios, haciendo cola para pedir comida en organizaciones comunitarias o en asociaciones privadas, que no ante parlamentos autonómicos bien financiados ni ayuntamientos bien pulcros (a los que solo acudir para rellenar más y más papeles). Ante la crisis del Coronavirus se cierran empresas (especialmente en hostelería) y se limita la actividad económica sin alternativas laborales o sin compensaciones justas; las ayudas prometidas apenas cubren las necesidades vitales; y el dinero escasea cuando un padre de familia reclama lo prometido por el Estado del Bienestar (entre la vergüenza y la desesperación), sabiendo que muchas partidas autonómicas y locales aún se gastan anualmente en proyectos ideológicos diversos que solo responden a intereses de unos pocos. Asimismo, los que tienen asegurado su trabajo de por vida o viven en la mayor de las comodidades piden aún más restricciones y esfuerzos colectivos ante la “pandemia”, pero que tienen que pagar, día tras día, los trabajadores de los sectores más afectados por la “flexibilidad” consumista, y los autónomos emprendedores que apenas tienen ayudas públicas.

Más un millón de nuevos pobres ha dejado esta crisis según Cáritas, llegando la tasa de pobreza nacional hasta el 20,7% de la población (lo que hace que España, según la red EAPN, sea el quinto país europeo con mayor nivel); pero quizás lo más paradójico es que en ella crecen los colectivos con empleo frágil (“los trabajadores pobres”) o los supuestamente protegidos por “escudo social” del gobierno en forma de IMV y ERTE (como detecta el Informa Foessa). Y en las predicciones de Intermon-Oxfam. esta tasa de pobreza relativa (estimada en 24 euros al día) alcanzaría el 22,9%, en 2021, y el número de personas en situación de pobreza severa (que viven con menos del equivalente a 16 euros al día) podría situarse en más de 5 millones de ciudadanos.

Pero las imágenes de la pobreza, ayer y hoy, apenas aparecen en los medios de comunicación. No interesa ver a las mayorías empobrecidas, ni ver el rostro de compatriotas que han perdido mucho o lo ha perdido todo; siempre es más cool identificarse con lejanos o peculiares colectivos minoritarios autovictimizados de la sociedad liberal y burguesa, que con vecinos y vecinas con vidas muy normales en barrios muy normales. Y no interesa tampoco ver de nuevo al trabajo como ese derecho a la autorrealización y esa obligación con la comunidad, que vincula al ciudadano con el grupo donde trabaja, con la familia a la que sostiene y con el Estado al que financia; mejor entenderlo como un medio temporal para satisfacer las demandas de producción y consumo del nuevo y mediático “capitalismo inclusivo”, que conecta lo público y lo privado al servicio, parece, de los que menos sufren siempre la crisis.

Otra vez la misma lección: la mejor Política social es una mejor Política laboral. Solo con trabajos suficientes y dignos (a medio y largo plazo) los más necesitados encontrarán autonomía en tiempos de bonanza y estabilidad en momentos de crisis; y solo un gasto público racional (y soberano) ligado a la formación e integración socio-laboral, conseguirá que la asistencia estatal sea útil para impulsar a las familias españolas que se han quedado por el camino, y no gastará millones de nuestros impuestos en financiar debates peregrinos o a grupos de fieles. Ya lo advirtió Montesquieu: “Un hombre es pobre no ya cuando carece de todo, sino cuando no trabaja”.

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional