Los partidos civilizacionistas de Europa

Por Daniel Pipes

¿Está Europa regresando a los horrores de la década de 1930? En un análisis típico de estos tiempos, Max Holleran escribe en New Republic que «en los últimos diez años, nuevos movimientos políticos de derecha han reunido coaliciones de neonazis con conservadores convencionales de libre mercado, conciliando ideologías políticas que, con justa razón, en el pasado causaban alarma». El autor opina que esta tendencia está creando un aumento del «populismo xenófobo». Escribiendo en PoliticoKaty O’Donnell está de acuerdo: «los partidos nacionalistas tienen ahora un punto de apoyo en todas partes, desde Italia hasta Finlandia, generando miedos de que el continente esté retrocediendo hacia el tipo de políticas que llevaron a la catástrofe durante la primera mitad del siglo XX». Líderes judíos como Menachem Margolin, director de la Asociación Judía Europea, perciben «una amenaza muy real de los movimientos populistas en toda Europa».

Alemania y Austria, cunas del nacionalsocialismo, despiertan naturalmente mayor preocupación, especialmente luego de las elecciones de 2017; cuando la Alternativa para Alemania (AfD) ganó el 13 por ciento de los votos, y el Partido de la Libertad (FPÖ) ganó el 26 por ciento. Felix Klein, comisionado de Alemania para combatir el antisemitismo, dice que la AfD «ayuda a que el antisemitismo vuelva a ser presentable». Oskar Deutsch, presidente de las Comunidades Judías de Austria, sostiene que el FPÖ «nunca se ha distanciado a sí mismo» de su pasado nazi.

¿Es esta percepción correcta? O bien, ¿será que esta insurgencia refleja una respuesta saludable?, orientada a proteger el modo de vida europeo de la islamización y la inmigración abierta?

Para empezar, ¿cómo llamar al fenómeno en discusión? Los partidos en cuestión tienden a ser catalogados como extrema derecha. Pero esta etiqueta es inexacta, pues ofrecen una mezcla de políticas de derecha (centradas en la cultura) y de izquierda (centradas en la economía). La Agrupación Nacional (RN) de Francia, por ejemplo, atrae el apoyo de la izquierda cuando pide por la nacionalización de los bancos del país. De hecho, los excomunistas constituyen un elemento clave de su apoyo. Tal es así que Hénin-Beaumont, una de las ciudades francesas más fervientemente pro RN, solía estar entre las más comunistas del país. Aunque anteriormente izquierdista, el líder de la Liga de Italia, Matteo Salvini, ha señalado mordazmente que encuentra «más valores de izquierda en la ‘derecha’ europea que en los supuestos partidos de izquierda», mencionando específicamente cómo los civilizacionistas defienden los intereses de los trabajadores.

Charles Hawley, de Der Spiegel, afirma que «todos estos partidos son, en esencia, nacionalistas», mas esto es históricamente incorrecto. Son patrióticos antes que nacionalistas: son defensivos y no agresivos. Alientan a los equipos de fútbol sin pedir victorias militares. Aprecian las costumbres inglesas pero no así al Imperio británico. Les gusta el bikini y no se meten con la sangre germana. No anhelan imperios ni reclaman superioridad nacional. En cambio, el nacionalismo se preocupa clásicamente por el poder, la riqueza y la gloria. Los nacionalistas se centran en las costumbres, las tradiciones y la cultura. Aunque se les llame neofascistas o neonazis, estos partidos priorizan la libertad personal y la cultura tradicional. Para ellos, nociones como «un pueblo, una nación, un líder» no tienen atractivo.

Es mejor llamar a estas plataformas «civilizacionistas», enfocándose en la prioridad que asignan a la cultura. Sienten una intensa frustración al ver desaparecer su forma de vida. Aprecian la cultura tradicional de Europa y Occidente y quieren defenderla del asalto de los inmigrantes asistidos por la izquierda. (Además, el término «civilizacionista» tiene la ventaja de excluir a aquellos partidos que detestan la civilización occidental, como el Amanecer Dorado neonazi de Grecia).

Los partidos civilizacionistas son populistas, antiinmigración y antiislamización. Populista significa alimentar agravios contra el sistema y sospechar de una élite que ignora o denigra tales preocupaciones. Estas son las 6P: policía, políticos, prensa, profesores, sacerdotes y fiscales (estos últimos —priestsprosecutors— llevan respectivamente la p en inglés). En 2015, durante la cresta del tsunami de migrantes, una votante preocupada le preguntó a la canciller Angela Merkel por la migración descontrolada, a lo que ella contestó con una característica reprimenda; aludiendo a las fallas de Europa y aconsejando condescendientemente una mayor asistencia a los servicios religiosos. Dimitris Avramopoulos, el comisionado europeo para la migración, anunció lisa y llanamente que Europa «no puede y nunca podrá parar la migración», y procedió a sermonear a sus conciudadanos: «es ingenuo pensar que nuestras sociedades seguirán siendo homogéneas y libres de migraciones aún levantando vallas… todos debemos estar dispuestos a aceptar la migración, la movilidad y la diversidad como las nuevas normas». Fredrik Reinfeldt, antiguo primer ministro sueco, abogó por más inmigrantes: «a menudo vuelo sobre la campiña sueca y recomendaría que otros también lo hicieran. Hay campos y bosques infinitos. Hay más espacio del que uno podría imaginarse».

Cabe señalar que los tres políticos europeos citados son considerados conservadores. En lo que respecta a la inmigración, otros como Nicolás Sarkozy de Francia, y David Cameron de Gran Bretaña, hablaron duro, pero gobernaron con mucha suavidad. Su despectivo rechazo a los sentimientos contrarios a la inmigración creó una oportunidad para los partidos civilizacionistas en gran parte de Europa. Desde el duradero FPÖ austríaco, fundado en 1956, al nuevo Foro para la Democracia (FVD) holandés, fundado en 2016, estos partidos llenan un vacío social y electoral.

Los partidos civilizacionistas, liderados por la Liga de Italia, son antiinmigrantes y buscan controlar, reducir, e incluso revertir la inmigración de las últimas décadas; especialmente aquella de musulmanes y africanos. Estos dos grupos se destacan no por prejuicios europeos («islamofobia» o racismo), sino por ser los menos asimilables de los extranjeros. Existe una serie de problemas asociados con ellos, como el que no trabajen, la actividad criminal concentrada, y el temor de que impongan sus formas en Europa.

Finalmente, estos partidos están en contra de la islamización. A medida que los europeos aprenden sobre la ley islámica (la sharía), comprenden cada vez más la relación entre esta y los problemas de las mujeres, incluyendo los nicabs, los burkas, la poligamia, el taharrush (agresión sexual), los asesinatos por honor, y la mutilación genital femenina. Otras preocupaciones tienen que ver con las actitudes musulmanas hacia los no musulmanes, como la cristofobia y la judeofobia, la violencia yihadista, y la insistencia en que el islam disfrute de un estatus de privilegio frente a otras religiones.

Cabe señalar que los musulmanes forman una membrana geográfica alrededor de Europa, desde Senegal hasta Marruecos, y de Egipto a Turquía y Chechenia, lo que permite que un gran número de migrantes potenciales ingresen ilegalmente al continente, por tierra o mar, y con relativa facilidad. Solo hay 75 kilómetros de Albania a Italia; 70 kilómetros de Túnez a (la pequeña isla de Pantelaria en) Italia; 14 kilómetros por el Estrecho de Gibraltar desde Marruecos a España; 1,6 kilómetros desde Anatolia a la isla griega de Samos; menos de 100 metros a nado cruzando el río Evros desde Turquía hasta Grecia; y ya menos de 10 metros desde Marruecos hasta los enclaves españoles de Ceuta y Melilla.

Un número creciente de posibles migrantes está dando vueltas alrededor de los puntos de entrada, recurriendo en algunos casos a la violencia para entrar por la fuerza. En 2015, Johannes Hahn, el comisionado de ampliación de la Unión Europea, estimó que hay «20 millones de refugiados esperando en las puertas de Europa». Este podría parecer un número elevado, pero los números se disparan aún más cuando se agregan los migrantes económicos a la mezcla; especialmente en la medida que la escasez de agua continúe expulsando a los habitantes de Oriente Medio de sus países de origen. El número de migrantes potenciales podría comenzar a acercarse a la población de Europa de 740 millones.

Casi sin excepción, los partidos civilizacionistas padecen profundos problemas. Integrados principalmente por neófitos, contienen un número inquietante de maniáticos: extremistas antijudíos y antimusulmanesracistas, bichos raros hambrientos de poder, conspiranoides, revisionistas históricos, y nostálgicos nazis. Los autócratas dirigen sus partidos de manera antidemocrática y buscan dominar los parlamentos, los medios de comunicación, el poder judicial, las escuelas, y otras instituciones clave. Albergan resentimientos antiestadounidenses y cobran dinero de Moscú.

Estas deficiencias generalmente se traducen en debilidad electoral, pues los europeos se resisten a votar por partidos que arrojen bilis e ideas irascibles. Las encuestas muestran que alrededor del 60 por ciento del electorado alemán está preocupado por el islam y los musulmanes, pero que solamente un quinto votó por AfD. Para avanzar electoralmente y alcanzar su potencial, los partidos civilizacionistas deben convencer a los votantes de que se les puede confiar con el Gobierno. Este es especialmente el caso de los partidos más antiguos como el FPÖ. Si bien están cambiando, como lo demuestran las perpetuas batallas personales y divisiones partidarias (además de otros dramas), este proceso, por más complicado y desagradable, es necesario y constructivo.

El antisemitismo, el tema que más deslegitima a los partidos civilizacionistas, y que suscita los debates más feroces, requiere atención especial. Los partidos a menudo tienen orígenes dudosos, contienen elementos fascistas, y emiten señales antisemitas. Los líderes judíos en Europa, en consecuencia, condenan a los civilizacionistas e insisten en que el Estado de Israel haga lo mismo, incluso si estos tienen representación en los respectivos Gobiernos europeos, haciendo que Israel ya de por sí tenga que tratar con ellos. De hecho, Ariel Muzicant, presidente honorario de la comunidad judía austriaca, amenazó a Jerusalén por si acaso este decidiera dejar de boicotear al FPÖ: «Definitivamente hablaré en contra del Gobierno de Israel».

Pero hay tres puntos que mitigan estas preocupaciones. En primer lugar, los partidos civilizacionistas generalmente se distancian de las obsesiones judeofobas en la medida que maduran. Debido al obstinado antisemitismo de Jean-Marie Le Pen, su hija Marine Le Pen lo expulsó en 2015 de la Agrupación Nacional que había fundado en 1972. El pasado diciembre, el partido Jobbik de Hungría, otrora abiertamente antisemita, renunció a sus viejas usanzas.

En segundo lugar, los líderes civilizacionistas buscan buenas relaciones con Israel. Visitan y presentan sus respetos en Yad Vashem. En algunos casos (como el presidente checo y el vicecanciller austríaco) apoyan el traslado de las embajadas de sus países a Jerusalén. Dirigido por el partido civilizacionista Fidesz, el húngaro es el Gobierno europeo con las más estrechas relaciones con Israel. Este patrón no ha pasado desapercibido en Israel. Por ejemplo, Gideon Sa’ar del partido Likud llama a los partidos civilizacionistas «los amigos naturales de Israel».

Finalmente, cualesquiera que sean las dificultades de los civilizacionistas con los judíos, están palidecen en comparación con el antisemitismo y el antisionismo desenfrenado de la izquierda, especialmente en España, Suecia, y el Reino Unido. Jeremy Corbyn, el líder del Partido Laborista británico, simboliza esta tendencia: llama como amigos a los asesinos de judíos, asociándose abiertamente con ellos. Mientras los líderes civilizacionistas se esfuerzan por abandonar el antisemitismo, muchos de sus oponentes se sumergen de lleno en tal inmundicia.

En el espacio de veinte años, los partidos civilizacionistas han pasado de ser casi irrelevantes a convertirse en una fuerza importante en casi la mitad de los países de Europa. Quizás el ejemplo más dramático de este ascenso proviene de Suecia, donde los demócratas suecos han duplicado su voto cada cuatro años: 0,4 por ciento en 1998, 1,3 en 2002, 2,9 en 2006, 5,7 en 2010, y 12,9 en 2014. No mantuvo este patrón en 2018, pues solamente ganó el 17,6 por ciento. Sin embargo, eso fue suficiente para convertirlo en una fuerza sustancial de la política sueca.

Ningún otro partido civilizacionista ha crecido matemáticamente, pero los votos y las encuestas sugieren que obtendrán apoyo. Como señala Geert Wilders, líder de un partido civilizacionista holandés: «En la parte oriental de Europa, los partidos contra la islamización y las migraciones masivas ven un aumento en el apoyo popular. La resistencia también está creciendo en Occidente». Tienen tras caminos hacia el poder.

1) Por sí solos: los partidos civilizacionistas gobiernan Hungría y Polonia. Las poblaciones de estos dos países del antiguo Pacto de Varsovia, que ganaron su independencia tan solo una generación atrás, y que ven los acontecimientos en Europa occidental con consternación, decidieron seguir su propio camino. Ambos primeros ministros rechazaron explícitamente a los inmigrantes musulmanes ilegales (mientras mantienen la puerta abierta a los musulmanes que acatan las reglas). Otros países de Europa oriental han seguido este mismo camino de manera más tentativa.

2) Unirse a los partidos conservadores establecidos: a medida que los partidos conservadores antiguos pierden votantes de cara a los civilizacionistas, responden adoptando políticas antiinmigración y antiislamización, uniendo fuerzas con los civilizacionistas. Hasta ahora, esto ha sucedido solo en Austria, donde el Partido Popular y el FPÖ obtuvieron conjuntamente el 58 por ciento de los votos, formando un Gobierno de coalición en diciembre de 2017. Es probable que haya más de estas colaboraciones en el futuro.

En Francia, en 2017 el candidato presidencial republicano avanzó hacia el civilizacionismo y, su sucesor, Laurent Wauquiez, se ha mantenido en la misma dirección. En Suecia, el Partido Moderado, nominalmente conservador, ha iniciado la hasta ahora inconcebible acción de cooperar con los demócratas suecos. En Alemania, el Partido Demócrata Libre (FDP) se ha movido hacia el civilizacionismo. Merkel todavía será canciller de Alemania, pero algunos en su Gobierno han repudiado su imprudente política de inmigración. En particular, el ministro de Interior y jefe de un partido aliado a Merkel, Horst Seehofer, articuló políticas inmigratorias duras, llegando a decir incluso que el islam no tiene lugar en Alemania.

3) Unirse a otros partidos: el Movimiento Cinco Estrellas de Italia, excéntrico, anarquista, y más o menos izquierdista, se asoció en junio con La Liga de Salvini para formar un Gobierno. Para prevenir los avances del civilizacionismo, algunos partidos de izquierda, como los social-demócratas suecos, están adoptando políticas antiinmigración vagas con los dientes apretados. Más drásticamente, el Partido Social Demócrata en Dinamarca dio un salto en esta dirección cuando su líder, Mette Frederiksen, anunció la meta de limitar «el número de extranjeros no occidentales que pueden venir a Dinamarca» mediante la creación de centros de recepción fuera de Europa, donde los solicitantes permanecerán mientras se examina su solicitud de asilo. Sorprendentemente, si se acepta la solicitud, el aplicante deberá permanecer fuera de Europa, con sus gastos cubiertos por el contribuyente danés. En términos más generales, Yascha Mounk, un teórico de la izquierda, argumenta que «el intento de convertir países con identidades monoétnicas en naciones verdaderamente multiétnicas es un experimento históricamente único». Entendiblemente, señala que esto «ha encontrado una resistencia feroz».

A medida que los partidos civilizacionistas ganan apoyo y poder, abren los ojos de otros partidos a los desafíos relacionados con la inmigración y el islam. Los conservadores, cuyos partidarios del mundo empresarial se benefician con mano de obra barata, han tendido a evitar estos problemas. Los partidos de izquierda generalmente promueven la inmigración y son miopes a los problemas relacionados con el islam. El contraste entre Gran Bretaña con Suecia, los dos países europeos más flácidos frente a los inmigrantes culturalmente predispuestos a la agresión y la criminalidad, muestra muy bien el rol de los partidos civilizacionistas.

El primero no tiene tal partido, por lo que estos temas no son abordados. En Rotherham y en otros lugares, desde hace años se viene permitiendo que pandillas de violadores operen libremente dentro de comunidades musulmanas. Las 6P hacen la vista gorda. En cambio, los demócratas de Suecia han cambiado tanta la política del país que los bloques parlamentarios, de derecha como izquierda, formaron una gran coalición para impedirles ejercer influencia. Si bien esta maniobra funcionó a corto plazo, la mera existencia de los demócratas sueco ha inducido cambios en la política, como restringir el acceso de los inmigrantes ilegales.

Similarmente, los antiguos satélites soviéticos están trastornando el legado de los miembros de la OTAN. Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, se destaca en este sentido por su profundo análisis de los problemas europeos y su ambición para rehacer la Unión Europea. Hungría en particular, y Europa central en general, están adquiriendo una influencia sin precedentes debido a su postura contra la inmigración y la islamización.

Espero haber establecido aquí dos puntos fundamentales. Primero, que los partidos civilizacionistas son, ante todo, aficionados toscos y falibles, propensos a cometer muchos errores. Pero no son peligrosos. Primero, su llegada al poder no retrotraerá a Europa a la «baja década deshonesta» de 1930. Segundo, dado que están creciendo inexorablemente, en unos veinte años estarán ampliamente representados en los gobiernos, influenciando tanto a conservadores como izquierdistas. Rechazar, marginar, aislar e ignorar a los civilizacionistas, acaso esperando hacerlos desaparecer, fracasará completamente. Tales pasos no impedirán que lleguen al poder, sino todo lo contrario. Serán contraproducentes, y harán a los civilizacionistas más populistas y radicales.

Las 6P deben aceptar a los civilizacionistas como partidos legítimos, trabajar con ellos, alentarlos a deshacerse de los elementos extremistas, ayudarlos a adquirir experiencia práctica, y guiarlos para que se preparen para la gobernanza. Pero no es una calle de un solo sentido. Los civilizacionistas tienen algo que enseñar a las élites, pues poseen conocimientos realistas sobre el sostenimiento de las formas tradicionales y el mantenimiento de la civilización occidental.

Daniel Pipes (DanielPipes.org@DanielPipes) es el presidente del Middle East Forum. Ha investigado la inmigración y el islam en diez países europeos durante el último año.

Apéndice: Los nombres de los partidos civilizacionistas por país. De los países con inmigración no occidental significativa, solo España y el Reino Unido carecen de partidos civilizacionistas con representación parlamentaria.

Alemania: Alternative für Deutschland (AfD, Alternativa para Alemania).

Austria: Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad).

Bélgica: Vlaamse Belang (VB, Interés Flamenco).

Chequia: Akce nespokojených občanů (ANO, Alianza de Ciudadanos Descontentos) y Svoboda a přímá demokracie – Tomio Okamura, (SPD, Libertad y Democracia Directa– Tomio Okamura).

Dinamarca: Dansk Folkeparti (DF, Partido Popular Danés).

Eslovenia: Slovenska demokratska stranka (SDS, Partido Demócrata Esloveno).

España: Vox.

Estonia: Eesti Konservatiivne Rahvaerakond Estonia (EKRE, Partido Popular Conservador de Estona).

Finlandia: Perussuomalaiset (PS, Partido de los Finlandeses).

Francia: Rassemblement National (RN, Agrupación Nacional).

Grecia: Nea Dexia (Nueva Derecha).

Hungría: Fidesz (abreviación de Fiatal Demokraták Szövetsége, Alianza de Jóvenes Demócratas) y Jobbik Magyarországért Mozgalom (Jobbik, el Movimiento por una Hungría Mejor).

Italia: Lega (Liga).

Letonia: Nacionālā apvienība (NA, Alianza Nacional).

Noruega: Fremskrittspartiet (FrP, Partido del Progreso).

Países Bajos: Partij voor de Vrijheid (PVV, Partido por la Libertad) y Forum voor Democratie (FvD, Forúm para la Democracia).

Polonia: Prawo i Sprawiedliwość (PiS, Ley y Justicia).

Portugal: Chega! (¡Basta!).

Reino Unido: For Britain (Por Gran Bretaña).

Suecia: Sverigedemokraterna (SD, Demócratas Suecos).

Suiza: Schweizerische Volkspartei (SVP, Unión Democrática del Centro).

Actualización del 2 de noviembre de 2018: Hoy publiqué un artículo breve que sirve como corolario a este, «En defensa de los partidos de ‘extrema derecha’ de Europa«.

DANIEL PIPES
El Sr. Pipes (DanielPipes.org@DanielPipes) es presidente del Foro de Oriente Medio.
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