31 años de la caída del Muro de Protección Antifascista

Por Javier Pereira Beceiro |

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 cayó la antepenúltima vergüenza de Europa, el Muro de Protección Antifascista, mandado construir 38 años antes, en 1961, por el Partido Socialista Unificado de Alemania, partido que gobernaba los designios de los alemanes del este, la República Democrática Alemana.

Tras la II Guerra Mundial, Alemania fue dividida en 3 zonas occidentales, que se convirtieron en la República Federal Alemana RFA, y una zona oriental que se convirtió en la República Democrática Alemana RDA. La RFA empezó a crecer bajo el influjo de occidente pasando a formar parte de la Comunidad Económica Europea fundada en 1957 en el tratado de Roma, mientras que la RDA lo hizo en el seno del Bloque del Este, embebido en el comunismo de la extinta Unión Soviética y el pacto de Varsovia.

La bonanza económica de la Alemania Federal, y el hecho de que muchos berlineses que vivían en el Berlín oriental pudiesen trabajar en la parte occidental, hizo que muchos alemanes se escapasen de la RDA para mejorar sus condiciones de vida. Se estima que cerca de 3.5 millones de alemanes, el 20% de la población de la RDA, huyeron a la RFA entre 1946 y 1961. Pero también muchos polacos y checos lo consiguieron a través de Berlín, y esto, a pesar de las medidas de seguridad extremas de la Volkspolizei o Policía Popular y del Ejército Popular Nacional.

Para luchar contra los “fugitivos de la República”, en 1961 el Partido Socialista Unificado de Alemania decide construir el Muro de Protección Antifascista contra las “la inmigración, la infiltración, el espionaje, el sabotaje, el contrabando, las ventas y la agresión de los occidentales”. Y así nació el Muro de la vergüenza como así lo definieron los medios de comunicación y la opinión pública occidental, o el Telón de Acero como lo definiría el primer ministro británico Macmillan. Son los años de la Guerra Fría y la amenaza nuclear.

Este muro de más de 150 km de longitud, conforme pasaron los años, fue modernizándose, llegando a estar constituido por un muro de hormigón de 3.6 metros de altura, 68 km de alambre de espino de casi 3 metros de altura, cables de alarma de contacto en el suelo, 302 torres de vigilancia, perros policía, barreras antivehículo y antitanque, trincheras, búnkeres, campos de minas, proyectores de búsqueda… y la orden de impedir, utilizando todos los medios posibles, que nadie cruzara el mismo, disparando a matar si fuese necesario.

En 28 años de existencia, nadie de Berlín Oeste intentó escapar a la Alemania del Este. En sentido opuesto, más de 5000 personas consiguieron fugarse, y cerca de 200 perdieron la vida ametrallados por los soldados entre las alambradas o intentando saltar el muro. Y un número desconocido ingresaron en prisión simplemente por preguntar sobre el muro, puesto que la Stasi o policía política podía detenerte por planificación de evasión.

Sin duda, un espectáculo dantesco y que no debemos olvidar, que tuvo su principio del fin la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 tras muchos días de tensión, cuando miles de berlineses de ambos lados, pensando que el muro estaba abierto, se lanzaron a los puestos fronterizos para cruzar y los soldados de la Alemania del este no se atrevieron a disparar. Fue el principio de la unificación de Alemania, y, tras unos primeros años complicados, el resurgir de un país que por su Constitución está libre de extremismos, y que se ha convertido en la primera potencia económica europea.

Sin duda, debemos celebrar este 31 aniversario de la caída del Muro de Berlín, construido por un país que se hacía denominar demócrata, la RDA; y que apelaba al antifascismo para que sus habitantes no pudiesen huir de su régimen político.

Europa no se merece muros de cualquier tipo, y España, tampoco.