El peaje de los políticos españoles

Por Sergio Fernández Riquelme

Tras la crisis socioeconómica de 2008, nuestro vecino portugués impuso los peajes en las carreteras, junto a otros impuestos, para recibir el rescate necesario de la Unión europea (UE). Medida que, como era lógico, afectó fundamentalmente a las clases más humildes que, o bien debían pagarlo con sus más bajos salarios o usar carreteras secundarias más peligrosas para no hacerlo.

Y el gobierno español, para recibir desde 2021 el Plan de Ayudas de la UE tras la crisis sociosanitaria del Coronavirus anuncia también que, entre otras medidas, implantará esos mismos peajes, pero en forma de neolenguaje simpático: “solo” para garantizar el mantenimiento de las vías de alta capacidad (autopistas y autovías). En un contexto de desempleo masivo, de deuda pública creciente y de ajustes/recortes inevitables, suena por lo menos a mentira poco piadosa.

Se aduce para justificarlo que quien usa o contamina debe pagar por el tránsito, ya que no es justo para el poder que “una ancianita sin coche” tenga que pagar por algo que no utiliza (esperemos que no sea de un pueblo lejano y necesite taxi o ambulancia), como ha señalado el director de la DGT Pere Navarro. Pero este político olvidaba que el socialismo no quiere, en teoría, que paguemos por la educación (que no usan los que no tienen hijos) y la sanidad pública (que no usan los que tienen privada o no la necesitan habitualmente por edad o por salud), que mucha gente no utiliza infraestructuras de determinados sitios a los que no va a ir ni servicios especializados para otros pero que sufraga directamente ante hacienda, o que ya pagamos diversos impuestos al respecto: en el sello del coche, en la matriculación del mismo, o cuando llenamos el depósito, y además mediante la interminable lista de impuestos directos e indirectos que los políticos se inventan o que malgastan. Además, se señala que en otros países del norte de Europa se paga en casi todas sus carreteras y que hay que “ser como los demás”, pero bien sabemos que los sueldos y las prestaciones no son las mismas aquí y allí.

O sea, que tenemos unos gobernantes que demuestran saber poco de economía o que mienten como bellacos, o ambas cosas. En tiempos de recesión nacional tras el Coronavirus, bien sabemos que el llamado “escudo social” no se paga solo y los sueldos de los políticos o las subvenciones a los afectos necesitan financiación. Pero que nos lo digan. En un momento de “capitalismo inclusivo” todopoderoso se venderá también esta competencia estatal al mejor postor vendiéndolo como necesariamente “ecológico”, y que solo quede el aire que respiramos como bien absolutamente gratuito (pero tiempo al tiempo). Pero que lo reconozcan. Este peaje puede ser inevitable supuestamente para el bien común, aunque esconda una forma de negocio para unos y de pago para otros. Pero que lo subrayen. Y este impuesto, en pleno escenario pandémico, llenará arcas públicas y nominas elitistas, aunque perjudicará a nuestras exportaciones (encareciendo los productos primarios), a nuestras empresas (repercutiendo ese gasto en términos de empleo), y a los trabajadores españoles (con sueldos cada vez más precarios). Pero que lo valoren.

Hay otras alternativas, temporales o estructurales. En un contexto de deuda pública imparable y caída histórica de los ingresos estatales, se podría haber pedido a los ciudadanos una “tasa Covid” para colaborar entre todos, de manera proporcional y solidaria, para sostener al Estado del Bienestar patrio ante la crisis. Se debía haber ofrecido, como contraprestación a las diferentes subidas de impuestos anunciadas, un sustancial recorte del gasto ideológico e inútil del gobierno central, de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos. Y se tenía que haber dicho públicamente la verdad a las clases medias y trabajadoras españolas (que serán las más afectadas por esas subidas de la luz o del diesel o por la eliminación de la tributación conjunta en la declaración de la renta), antes de las elecciones de Madrid del 4 de mayo de 2021.

Pero este es el peaje verdadero de nuestra democracia: obedecer, aguantar y creer a una clase política que muchas veces, tras el fin de sus mitines para ganar el poder cada cuatro años, se olvidan de aquellos ciudadanos que sufren cada día lo que ellos no sufren (de caer en desempleo a intentar llegar a fin de mes), y que se niegan a recortar los “chiringuitos” que todos conocemos pero que son políticamente correctos e imprescindibles para la causa del liberalismo progresista. Al final, y como siempre, serán los más humildes los que pagarán la factura de los ajustes o recortes inevitables para la reconstrucción tras una crisis, con su sueldo, con su trabajo y con su ticket en la autovía de camino a trabajar o a la playa.

Pagar por usar, nos dicen. La Nueva Izquierda también es neoliberal, burguesa y globalista para usar lo que nos cobran, nos atrevemos a decir.

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional