junio 18, 2024
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Jon Ander Etxebarria Garate, Decano Colegio de Biólogos de Euskadi: «La mitad o más de los fallecimientos sucedidos en España por la covid-19 podrían haberse disminuido»

Jon Ander Etxebarria Garate, Decano Colegio de Biólogos de Euskadi

Para este fin de año he elaborado un escrito que basándose en argumentos científicos, no es un escrito puramente técnico de ciencia, ya que más bien es de un cariz más ideológico. En el incido en todas aquella ideologías que normalmente han defendido la democracia y la libertad, pero que con esta pandemia han aceptado la regresión de nuestras libertades. También tiene el cometido de decirles a todas aquellas personas que por no estar de acuerdo con lo que he ido exponiendo, se planteen al menos que puede existir una duda razonable.

REFLEXIONES SOBRE EL AÑO 2020, AÑO DE LA PANDEMIA DE LA COVID

Después de todo lo acontecido durante este año 2020, me vienen a la mente varias reflexiones,
producto de la dimensión dramática del relato de una pandemia vírica que mediante la
utilización de los resortes del poder económico global y con la connivencia de los medios de
comunicación (no dejan de ser la herramienta de ese poder), de gobiernos, políticos tanto de la
derecha como de la izquierda, de la falta de criticidad o al menos de plantearse dudas
razonables de determinados profesionales sanitarios y científicos, se ha tejido un relato que
más que científico se ha basado en una restricción de libertades, viendo peligrar las conquistas
sociales, el estado de derecho, la democracia que está llevando a la sociedad a un estado de
insolidaridad y miedo de la que nos costará cierto tiempo en ver la salida.

En primer lugar hay que decir que esta pandemia tiene de inicio un referente bélico que ha
impregnado el discurso de la mayoría de los gobiernos del mundo y, en especial del gobierno
del estado español con una puesta de escena militar en sus primeras comparecencias, como si
se tratase de una crisis bélica y no de una crisis sanitaria.

Lo malo de ello es que tanto la oposición tanto si se mira a la derecha como si se mira hacia la
izquierda ha demostrado ser partícipe de esta retórica de la guerra con ciertos tintes de
patriotismo, cuando antes de este enemigo vírico, hemos tenido otros enemigos de gran calado
(hambre, desigualdad, miseria, especulación, pérdida de biodiversidad, amenazas ecológicas)
donde no se ha sido tan beligerante como llegar a como se ha llegado a parar el mundo como
se llevado a cabo con esta crisis, cuando lo que realmente ha habido es una crisis de tipo
biológico que ha afectado a la mayoría de los sectores productivos, dentro del ámbito sanitario,
social, económico y político.

Se dirá que lo primero es la salud, pero también es salud, con cifras de fallecimientos
superiores cada año a la covid, los que mueren e hambre, de cáncer, de enfermedades
respiratorias, de enfermedades coronarias, de enfermedades mentales, algunas, por cierto,
ocasionadas por las medidas tomadas con esta pandemia (pérdida de trabajo, no poder
despedirse de los mayores, depresiones, etc).

Siendo una cuestión de tal naturaleza, cabría suponer que una ciencia como la biología,y
teniendo como principal premisa la duda razonable, tendría mucho que aportar, por más que,
curiosamente, su participación en el debate mediático y socio-digital ha sido prácticamente
irrelevante hasta hoy.

En relación al tema concreto que aquí nos interesa, el patógeno ideal, el bien
adaptado, es aquel que consigue un nivel muy elevado de transmisibilidad (se
contagia fácil y rápido) con una tasa muy baja de letalidad (mata poco en relación a la
población que infecta).

Aunque no siempre, o no del todo, ambas cosas están relacionadas: un virus muy letal no da
tiempo suficiente a que el individuo que infecta actúe como un eficaz vector de transmisión, al
igual que ocurre con otros coronavirus responsables de buena parte de las actuales infecciones
de resfriado común y los catarros, presentándose, por lo tanto, como un buen candidato para
quedarse entre nosotros, particularmente si disminuye su letalidad manteniendo su actual
transmisibilidad, evolución que parece la más probable.

Tras estas consideraciones podemos ir a lo esencial. No es la medicina, ni la farmacopea, ni
las instalaciones hospitalarias, ni el sistema sanitario, ni el Estado quien cura a los infectados
por el SARS-CoV-2, sino la respuesta inmunológica (biológica, por tanto) de cada ser humano
infectado, siendo, por lo tanto, al final la biología de cada persona lo decisivo.

Conforme la proporción de la suma de infectados e inmunizados se va haciendo mayor, el virus
tiene crecientes dificultades de propagación, llegando a la inmunidad colectiva que no es sino
la conjunción de las inmunidades individuales.

El Gobierno y los gobiernos de las Comunidades Autónomas han desperdiciado la ocasión,
evitando explicar esta epidemia desde sus fundamentos biológicos. ¿Es que los portavoces
gubernamentales en sus periódicas intervenciones han dejado claro, en algún momento, que
ante la falta de fármacos efectivos y de una vacuna, la única opción que se tenía era la de la
inmunidad individual y, por lo tanto de la colectiva. ¿No es condición imprescindible para que se
de esa inmunidad individual y colectiva el que exista un proceso previo de infección?. La
estratega de la inmunidad debería haberse realizado, evitando en lo posible, como ya se hace
con la gripe, el que la población de riesgo, con patologías, se contagie lo menos posible. Y si
bien la mayoría de esos mayores vivían en sus hogares (solos o con descendientes más
jóvenes), una minoría porcentual, pero cuantiosa en cifras absolutas, se encontraba en los
distintos tipos de residencias, ya fueran éstas públicas o privadas. Así que lo que se tenía que
haber hecho es centrarse de manera inexcusable en aislar esos centenares de miles de
residentes de la infección por el SARS-CoV-2 utilizando para ello todos los medios disponibles,
siendo, como hemos podido comprobar, las residencias las grandes olvidadas.

Los gobiernos y los políticos y administraciones sanitarias, han hecho todo lo contrario, han
inducido el miedo, la angustia y el sentimiento de culpabilidad en una gran mayoría de
ciudadanos que han interiorizado que tanto ser infectado como infectar es lo peor que puede
ocurrir, utilizando únicamente como herramienta de una forma obstinada los cifras de PCR
positivos, cuando estas aportan muy poco al conocimiento de la evolución de la pandemia.

Se puede decir que la mitad o más de los fallecimientos sucedidos en España por la covid-19
podrían, en cierta medida, haberse disminuido, ya que, no han ocurrido por la particular
virulencia del microorganismo (una cuestión biológica), sino en mayor medida por la
imprevisión, inacción e impericia humanas (una cuestión social). El SARS-CoV-19 ha
provocado que, en los aparentemente confortables sistemas asistencial y sanitario españoles,
queden al desnudo mostrando sus más que graves carencias, y junto a los recortes que ya se
iban dando, lo que se ha conseguido es potenciar el sector privado de la sanidad y de la tercera
edad, favoreciendo que la salud sea motivo de enriquecimiento y especulación.

Inicialmente con la pandemia se decretó un confinamiento domiciliario generalizado y con ello
la paralización de la mayor parte de la actividad económica. Dos errores concatenados. Ni un
confinamiento generalizado de la población, ni un parón general de la economía eran las
actuaciones más adecuadas.

Si se hubiesen examinado las tablas de mortalidad de la epidemia habría que haberse dado
cuenta de que, caso de instaurar algún tipo de confinamiento, este no debía de ser el que se
eligió. No tenía sentido un enclaustramiento generalizado y homogéneo de toda la población
porque, tanto los casos más graves de la covid-19 como las defunciones que ésta finalmente
provocaba, no tenían nada de generalizado o de homogéneo, observando que la mortalidad se
concentraba de forma muy desproporcionada en los segmentos de mayor edad: el 99% de las
defunciones eran de personas de más de 45 años, el 97% de más de 55, el 95% de más de 60
y el 92% de más de 65. Si se tiene en cuenta que la en la actual población española, la mitad
de sus integrantes tiene menos de 45 años y los mayores de esa edad suponen la otra mitad,
vemos que esta última acumula el 99% de las muertes provocadas por la covid-19, siendo el
1% restante de los fallecimientos en el segmento de población menor de 45 años.

¿Qué sentido tiene entonces tratar a estos dos agregados poblacionales tan diferentes
respecto a la mortalidad causada por la covid-19 como si fueran una población homogénea de
cara a la epidemia o, mejor dicho, a los efectos más graves de la epidemia?, ¿qué justificación
tiene el establecer, y además coercitivamente un idéntico confinamiento, general e
indiscriminado, a toda la población?.

La propuesta hubiese consistido en dos actuaciones complementarias, favoreciendo la
inmunidad de población, pero protegiendo de la infección previa a aquella parte de esa
población potencialmente más frágil respecto a la misma. El «no te infectes, no infectes» solo
sería una norma de actuación adecuada para este último agregado poblacional.

Para ello no debería recurrirse a la prohibición y a la coacción física o económica, sino que
debería haberse recurrido a una pedagogía centrada en lo que biológicamente es una epidemia
y en las secuelas sociales, económicas y políticas que puede comportar, y, por supuesto, el no
haber decidido, no ya acciones, sino inacciones como las producidas a cuenta de las
residencias de mayores alcanzando a tener todavía más gravedad, al haber abandonado,
bordeando lo criminal, a las personas de ese segmento de población más sensible a la
epidemia, que debería haberse preservado de la inmunidad, y, por lo tanto, del contagio.
Ante los epítetos de insolidarios trasladados desde los distintos ámbitos de poder e inculcados
con el miedo a gran parte de la población, hay que decir, que la solidaridad solo se puede
practicar desde la libertad, ya que cuando se consigue con el empleo de la coacción, pasa a
tener otro nombre: sumisión.

El objetivo tenía que haber sido doble: por un lado, minimizar la letalidad de la epidemia, y por
otro, moderar su transmisibilidad, aunque sin intentar anularla.

¿Acaso alguien piensa que la mortandad acontecida en las residencias españolas tiene algo
que ver con el pretender aumentar la inmunidad colectiva? ¿Que tiene que ver con tal
inmunidad el que un colectivo que comprendía menos del 1% de la población haya acumulado
casi el 50% del total de fallecidos oficiales y extraoficiales? ¿Cómo han podido darse
semejantes mortandades? ¿Y para qué? Pues, desgraciadamente, una gran parte de los
residentes que se infectaron no pudieron contribuir a la mejora de la inmunidad de grupo
porque sencillamente murieron.

Es muy posible que anticuerpos producidos tras la infección de otros coronavirus -los
causantes de buen número de procesos catarrales, puedan conferir algún grado de inmunidad
frente al SARS-CoV-2, siendo ello lo que se conoce como inmunidad cruzada, siendo un
ejemplo la resistencia de los niños a sufrir covid-19, y su prácticamente nula mortalidad por la
misma, debido a una respuesta a los anticuerpos generados por los frecuentes catarros que
padecen y que, aunque no específicos respecto al coronavirus responsable de la actual
epidemia, ayudarían en cierta medida a minorarla.

Se puede creer o no en la inmunidad de grupo como estrategia frente al actual coronavirus,
pero lo que no cabe creer es en la inexistencia de tal inmunidad, y tras la estrategia seguida,
por las autoridades estatales y autonómicas, de insistir en el escaso porcentaje de población
inmunizada esgrimiendo que se hubiera elevado la tasa de mortalidad, se han afrontado y se
afrontan actualmente unos meses con plena fe en la estrategia que eligieron desde el principio,
la del contagio cero, y, ello conlleva una inacabable secuencia de actuaciones: vigilar, testar,
comprobar, identificar, aislar y llegado el caso, confinar, para después desconfinar, y si todo
sale bien, volver a vigilar, testar, identificar y aislar, hasta volver a confinar si fuera necesario, y
así hasta que la vacuna nos salve.

Hay que tener en cuenta que la vacuna “artificial” y la infección “natural” son solo modalidades
de búsqueda de un idéntico objetivo: la inmunidad de las personas y la de los colectivos. En
este caso tenemos que de las vacunas creadas a partir de ácidos nucleicos no existen
precedentes.

La OMS ha establecido que la eficacia mínima deseable de una vacuna no debería ser inferior
al 50%, pero hay que recordar que, por ejemplo, la última vacuna contra la gripe estacional tuvo
una eficacia menor de ese 50%. ¿Cómo se va a trasmitir a la población que semejante milagro
de la tecnociencia contemporánea solo vaya a servir a uno de cada dos a quienes se les
proporcione cuando las autoridades sanitarias y no sanitarias, tanto gubernamentales como
autonómicas, han creado sistemática y concienzudamente en los ciudadanos toda una ilusión
(mucho más ilusa que esperanzadora) corriendo el riesgo de quebrarse en mil pedazos antes
de poder materializarse?.

¿Es que la estrategia que se ha seguido por parte de los gobernantes y políticos no ha sido la
de morir en vida?.

Cuando alguien, una persona, un grupo, una ciudad, un país, no sigue los pasos que están
dando la mayoría restante, se corresponde con sorpresa, desconfianza, desdén y finalmente
con reprobación. La disidencia nunca está bien vista.

Esto ocurrió con países como Suecia, la Agencia de Salud Pública, independiente, por cierto,
del propio gobierno sueco decidió no sumarse a la receta frente a la covid-19 de prácticamente
el resto de países europeos, resultando en un cierto rechazo por parte del resto de los países y
lo que es peor de la población de esos países al estar totalmente condicionados por el discurso
oficial con una total falta de pedagogía.

Suecia no confinó a su población, ni suspendió las clases, ni paró la actividad económica, ni
prohibió las reuniones de menos de 50 personas, ni clausuró restaurantes y bares, ni, por
supuesto, impidió el poder pasear o hacer ejercicio físico. Recomendó, eso sí, aunque no
obligó, el distanciamiento físico, el frecuente lavado de manos, pero no el uso mascarillas,
salvo casos muy determinados y si precauciones especiales para los mayores de 70 años.

Tampoco cerró sus fronteras, porque como resaltó el principal responsable de toda esta
estrategia, el epidemiólogo Anders Tegnell, la covid ya estaba extendida por todos los países.
El Gobierno sueco de coalición socialdemócrata-verde ha emprendido una
investigación tras el relativo fracaso de la estrategia de la independiente Agencia de
Salud Pública. El Gobierno español de coalición entre el Partido Socialista y Unidas
Podemos, y todo los grupos políticos del arco parlamentario que ha gestionado directamente la
lucha contra la epidemia, no han optado por investigar que es lo que ha ocurrido, aunque su
fracaso es ostensiblemente mayor que el sueco, ya que la tasa de mortalidad de Suecia es de
77, mientras que la del estado español es de y no digamosla de Euskadi con un valor de . Se
podría pensar que las diferencias entre un gobierno rojiverde y otro rojivioleta, no deberían ser
muy grandes: no están, ciertamente, en las antípodas ideológicas. Pero, ya ven, ni en la
estrategia seguida frente a la covid-19, ni en la autocrítica respecto a la misma se parecen.
Debe de haber razones mucho más profundas en esta disimilitud que el mero posicionamiento
ideológico, muchas veces superficial cuando no oportunista.

La estrategia de los confinamientos, que se ha llevado a cabo por la mayoría de los gobiernos,
es una estrategia errada y peligrosa, con gravísimos efectos sanitarios y económicos que no
están siendo suficientemente contemplados, siendo más acertado, desde el punto de vista
científico, el concentrar los recursos y esfuerzos en la protección y el seguimiento efectivo del
10% de la población que constituye el grupo de más alto riesgo, sin confinar al resto.

La estrategia que se sigue es la de ir hacia el contagio 0. Ese es el objetivo final. Pero, casi con
total seguridad, algo inalcanzable hoy por hoy, siendo la salida frente a este poco atrayente
camino, el que en lugar de considerar al contagio como el centro del problema, este se
convierta en parte de la solución. Porque contagiarse y contagiar no es algo necesariamente
negativo para el individuo y la comunidad, siempre que se cumplan tres requisitos esenciales.
El primer requisito es que el infectado desarrolle inmunidad (bien sea por anticuerpos o por
inmunidad celular) durante un tiempo razonablemente prolongado y con unos niveles de
respuesta adecuados frente a una posible reinfección. Si esta inmunidad individual alcanzara a
la gran mayoría de miembros de la población se lograría una inmunidad colectiva que detendría
prácticamente la epidemia.

El segundo requisito es que el contagio no se produzca en personas calificadas de alto riesgo,
fundamentalmente las de mayor edad y aquellas otras que con independencia de la misma
presenten graves patologías previas.

El tercer requisito es que los contagios que se produzcan, por contra, en personas de bajo y
muy bajo riesgo de muerte de manera que se modulen espacial y temporalmente a fin de evitar
colapsos en el sistema sanitario.

Otra de las herramientas utilizadas como las mascarillas, hay que decir, que no posibilita a su
usuario respirar mejor, sino más bien lo contrario dificultando, al menos en alguna medida,
tanto la inspiración como la espiración.

La apelación al uso universal de la mascarilla es uno de los pocos clavos que tienen a los que
agarrarse. Con ello consiguen, además, que la responsabilidad de lo que ven como indeseable
evolución de la epidemia se traslade de las medidas institucionales al comportamiento de los
individuos. Si los contagios no se paran es porque muchos siguen sin lavarse las manos, sin
respetar la distancia de seguridad y, sobre todo, sin ponerse la mascarilla. De esta manera
convergen con la histeria de una parte sustancial de la población, en particular las personas de
cierta edad que asustadas, con razón, incluso aterrorizadas por la letalidad que en los mayores
ha provocado la covid-19, señalan a la indisciplina de los jóvenes y otras personas como la
causa de sus desdichas actuales o futuras. La esquizofrenia y la histeria se conjuntan así en el
ensalzamiento de un icono: la mascarilla. La mascarilla es un icono visual muy perceptible y su
ausencia moviliza fácilmente el encono de muchos que creen ver en esa ausencia un ataque
directo a su salud e incluso a su supervivencia.

Es probable que mi apuesta al ser biólogo se base en el principio de la inmunidad como
fenómeno de inequívoco carácter biológico, al existir una interconexión entre la actividad celular
y la producción y efectividad de los anticuerpos, de forma que las moléculas, las células y los
tejidos que participan en la respuesta inmunológica formen un verdadero sistema inmunitario
en el que sus distintas partes estén conectadas entre sí influyéndose mutuamente en su acción
inmunitaria.

Por lo tanto, frente a aquellos que ven a la futura vacuna como un remedio que roza lo
milagroso, tal vacuna es, en realidad, únicamente un estímulo, para que cada persona
desarrolle su particular respuesta inmunitaria; respuesta que, sumada a muchas otras, conduce
a una inmunización colectiva. Con vacuna o sin vacuna, nuestra respuesta inmunitaria es (y
será) la indiscutible protagonista.

Sin entrar en lo que puede representar una vacuna, que se ha en unos pocos meses, que
puede tener sus efectos secundarios y que no es una vacuna al uso de un virus atenuado ya
que en ésta se utiliza ARN mensajeros, lo que se ha pretendido desde siempre con la vacuna
es que el sistema inmunitario aprenda a reconocer el virus para luego atacarlo creando
anticuerpos de forma que con la propia memoria de determinadas células del organismo se
pueda uno defender de la infección a lo largo de su vida. Existe una diferencia y es que si el
virus muta como ocurre con el de la gripe esta vacuna es nueva cada año de ahí que la vacuna
de la gripe como lo demuestran los datos tenga una eficacia del 50% , es decir,
estadísticamente no significativa, siendo por ello que la gente que no se vacuna utilice su
sistema inmune de forma que al igual que se pretende con la vacuna se pueda tener la
enfermedad con una sintomatología más débil e incluso sin sintomatología.

Como la información que nos están dando es que el virus de la Covid ha mutado, de ello se
puede deducir que esta vacuna en todo caso tendrá a lo sumo una eficacia semejante a la de la
gripe. Por otra parte con la vacuna se pretende generar en el organismo la infección con una
sintomatología débil de la enfermedad, por lo que si esa es la cuestión no tendría que diferir de
lo que se propone en este escrito de facilitar la inmunidad natural, ya que, ¿no tendrán, con
mayor razón, capacidad de contagiar los propios vacunados sean asintomáticos o no, al igual
que se ha dicho con los falsos positivos asintomáticos?, ¿no estará expuesta la población que
no se vacune a que los vacunados les contagien?, ¿no existe una irresponsabilidad en las
administraciones sanitarias y profesión sanitaria de haber vendido esta vacuna como si fuese el
santo grial que nos va a permitir dejar a un lado la pandemia?, ¿no sería más adecuado haber
facilitado la convivencia con el virus, en el sector de población de no riesgo, para que nuestro
sistema inmune proteja nuestro organismo. Háganse la pregunta ¿ quienes son los mayores
beneficiarios de que con toda probabilidad ahora tengamos cada año no una sino dos
campañas de vacunación?.

Curiosamente ante el anuncio de los esperanzadores resultados de las vacunas fabricadas por
Pfizer y Moderna, que hicieron dispararse en bolsa el valor de los títulos de ambas compañías,
los altos cargos de las dos farmacéuticas corrieron a vender el grueso de sus acciones, con el
fin de llevar a cabo una especulación financiera ante la perspectiva de embolsarse millones de
dólares en un sólo día, como de hecho así sucedió.

Si el desarrollo de las vacunas convencionales sigue habitualmente un protocolo en el que,
desde el inicio hasta el comienzo de la fabricación masiva, llegan a transcurrir más de 6 años
de pruebas y estudios, ¿por qué no es razonable tener dudas acerca de la efectividad, la
seguridad y la inocencia de una vacuna de nueva tecnología ARN, creada y aprobada por
procedimientos de emergencia en menos de dos años? ¿Por qué no se puede tener dudas
razonables con un tratamiento tan poco contrastado y tan sujeto a fuertes intereses
comerciales?.

Ante lo dicho por la OMS de que este virus puede ser endémico como el de la gripe, es decir
que se quedará entre nosotros con sus diferentes mutaciones, ¿no es razón más que suficiente
para que en vez de intentar el contagio cero, en vez de experimentar con una vacuna que en el
mejor de los casos no tendrá una efectividad mayor que la de la gripe, convivamos con el virus
adaptando la estrategia de la inmunidad de una parte importante de la población, protegiendo
del contagio al sector de la población que presenta patologías de riesgo?.

No se entiende que grupos que ideológicamente siempre se han posicionado ante la injusticia
y la libertad de pensamiento, estén en este momento posicionados en la defensa a ultranza,
tanto de los confinamientos como de la vacunación obligatoria y las medidas coercitivas que se
establecen para los “insumisos” y los “insolidarios”.

No se entiende que no se creen comisiones científicas independientes, que investiguen, de
forma paralela y sistemática, las causas, responsabilidades, estrategias y terapias propuestas
para la solución de esta crisis global, en vez de imponer un discurso único, secundado por
gobiernos desconcertados, temerosos del descrédito e hipotecados a los grandes poderes
económicos globalistas, contando para su difusión con el apoyo de la prensa, para hacer la
labor de control de la población mediante el arma más potente que existe como es la utilización
de demagógica de la salud y la muerte.

Y como pregunta final ¿no resulta alarmante para la democracia y para los posicionamientos
ideológicos en favor de la libertad que se esté relegando, sin argumentos serios, a la
denigrante condición de “terraplanista” a cualquier voz crítica con el discurso oficial? ¿No
deberían ser los propios Estados quienes promovieran un verdadero debate científico, libre y
transparente, sobre el mal que nos azota en estos momentos, con el fin de, por una parte
afrontar la pandemia y por otra preservar el tejido socioeconómico de una sociedad, de manera
que estuviésemos realizando, en esencia, un ejercicio de biosostenibilidad?.

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