Prohibido no prohibir: el nuevo puritanismo liberal-progresista

Por Sergio Fernández Riquelme

Censura en las redes y medios de comunicación (censorship), cancelación en la imagen pública y del puesto de trabajo (cancelling), etiquetas de negacionistas a diestro y siniestro (denialism), leyes para prohibir la disidencia en ciertos temas (correctness), “cordones sanitarios” frente a fuerzas ideológicas consideradas peligrosas (Hate Speech). Carl Schmitt parece que tenía razón sobre la “esencia de lo político” (Der Begrieff des politischen): siempre se distingue entre el “amigo y el enemigo” (Freund und feind), y contra este último se combate directamente y muchas veces sin piedad, incluso los sistemas políticos autodenominados como tolerantes y equitativos. El puritanismo de siempre, ahora en la versión globalista que lo niega pero lo práctica.

“Prohibido prohibir” fue el lema de la primera Batalla cultural posmoderna que alumbró al Globalismo. Nada de límites, de tabúes, de tradiciones. Mayo del 68 impulsó el “bienestar terapéutico” que descubrió Philip Rieff (y del que renegó, lo que le llevó al ostracismo) y que encumbró a su exmujer Susan Sontag (celebrity del progresismo burgués “radical-chic). Y sobre el mismo se construyó el llamado “consenso liberal-progresista” a nivel político-cultural triunfante en las primeras décadas del siglo XXI, en comandita con emergentes corporaciones económicas transnacionales que usaron comercialmente el eslogan fundamental, para combinar ese nuevo progresismo con su soñado consumismo de masas en la nueva fase del “capitalismo avanzado”.

Pero bajo este lema multitud de veces reinventado, la realidad actual nos muestra su posible mutación verdaderamente “política” puritana y contemporánea: “prohibido no prohibir”. Esencia, quizás, propia de la realidad instrumental de todo régimen para implantar su discurso y vencer al “enemigo”; pero también para mantener la lealtad del “amigo”, evitando que pueda ser algo misericordioso con el bando contrario; como lo sufrieron y denunciaron numerosos intelectuales de izquierda en la famosa Harper´s Letter de 2020, en defensa de la libertad de expresión y en contra de la persecución ideológica de sus adversarios ideológicos, pero también de muchos de los firmantes que habían comenzado a sufrir en sus carnes las amenazas por disentir “un poco”.

En nombre de la diversidad y la igualdad “políticamente correcta”, se prohibían ciertas lecciones del pasado, se restringían determinadas opiniones del presente, y se advertía para el comportamiento futuro. Ejemplos y muchos: universidades anglosajonas que impiden debatir sobre la diversidad sexual, campañas de difamación y amenazas directas contra grandes escritoras (como J.K. Rowling) o gobernantes socialistas (como Carmen Calvo) por disentir de la llamada “identidad de género” oficial, estudios científicos de Harvard que equiparan a los conservadores con “extremistas con déficit cognitivo”, políticos nórdicos imputados por citar la Biblia (muy visible en Finlandia), multinacionales que despiden a empleados por sus opiniones políticas (como el famoso caso de Gina Carano) o por denunciar persecución ideológica (en el menos conocido caso de Google), gobiernos de Europa oriental continuamente atacados por portales comunitarios al defender visiones tradicionales de la Familia, ayuntamientos que prohiben la carne en los menús escolares (como el ayuntamiento supuestamente “verde” de la ciudad de Lyon), cursos de formación corporativos en LinkedIn Learning que consideran a la “raza blanca” como “arrogante, ignorante y opresora” (realizados por Robin DiAngelo), escritoras que odian públicamente a los hombres sin denuncias consecuentes por discriminación u odio (como la escritora Pauline Harmange), revisionismo histórico selectivo que quita estatuas de unos y no de otros, plataformas digitales que retiran inocentes y clásicas películas de dibujos animados (por “perpetuar estereotipos”), o que impiden a los niños ver sin consentimiento paterno la serie The Muppets (por ser “potencialmente ofensiva”).

Lo volvemos a repetir: hasta los sistemas político-económicos que se proclaman más democráticos (como el “consenso” dominante y actual en Occidente), con líderes trending y cool, propagandas emocionantes sobre sostenibilidad y las más bellas declaraciones inclusivas, tienen sus propios instrumentos para prohibir la disidencia y perseguir al “enemigo”. Perpetuándose o defendiéndose, ahora y siempre. Por ello, Schmitt afirmaba que “todos los conceptos, ideas y palabras políticas tienen un sentido polémico”, y que incluso, parafraseando a Proudhon, aquel que habla de la más cosmopolita y pacífica “humanidad” puede o “quiere engañar”.

SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional