Francia: muerte a la libertad de expresión

Por Guy Millière

París, 16 de octubre. Un profesor de Historia que enseñó a sus alumnos unas viñetas del profeta islámico Mahoma para hablar de la libertad de expresión ha sido decapitado en Conflans-Sainte-Honorine, una pequeña localidad de los suburbios de París. El asesino, que trató de atacar a la Policía cuando iba a ser detenido, fue abatido mientras gritaba “¡Alahu akbar!” [Alá es grande]. Según la Fiscalía, era pariente de uno de los estudiantes.

Semanas antes, el 25 de septiembre, Zahir Hasán Mehmud, un paquistaní de 25 años, atacó e hirió gravemente a dos personas con un cuchillo de carnicero. Fue detenido por la Policía cuando trataba de huir. Había entrado ilegalmente en Francia en 2018, comparecido ante los tribunales en demanda de asilo y obtenido la condición de ‘menor no acompañado’. La información que aportó al tribunal era falsa: dijo tener 18 años. El juez atendió su petición y rechazó que se hicieran más indagaciones para determinar su verdadera edad. A partir de ese momento, Mehmud recibió apoyo económico del Estado francés. Se le procuró alojamiento, formación y una paga mensual.

Justo antes del ataque, Mehmud publicó un vídeo en una red social con el que trataba de justificar su acto. En él decía que quería matar a empleados de la revista satírica Charlie Hebdo porque ésta había vuelto a publicar las viñetas que desencadenaron el ataque asesino contra su redacción en enero de 2015. Asimismo, proclamó su fidelidad a Ilias Qadri, fundador de Dawat-e-Islami, un movimiento sufí que dice condenar la violencia pero cuyos integrantes han asesinado a gente tras acusarla de blasfema.

En septiembre, Mehmu acudió a la antigua sede de la revista. Sus víctimas no trabajaban para Charlie Hebdo, que hacía mucho se había trasladado, sino para una compañía de producción de documentales. Ahora, han quedado desfiguradas para el resto de sus días.

Por desgracia, este ataque demuestra que criticar el islam sigue siendo extremadamente peligroso. Cualquiera que sea siquiera sospechoso de ello puede resultar herido o asesinado, en cualquier momento y lugar. También demuestra que uno puede atacar o convertirse en un asesino aun no perteneciendo a una organización definida como yihadista, o no habiendo mostrado signos de radicalización. Este ataque confirma una vez más la existencia de lo que Danuel Pipes ha llamado el “síndrome de la yihad súbita”.

Igualmente, muestra que Francia, como otros países occidentales, está siendo abismalmente laxa en el monitoreo de quienes llegan a su territorio y piden ayuda. Un hombre puede mentir sobre su edad e identidad sin ser detectado ni sometido a control. Declararse “menor no acompañado” puede ser suficiente para no ser sometido a seguimiento pero recibir asistencia plena por parte del Estado.

El ataque de marras revela también, en fin, unos niveles de gratitud francamente decepcionantes.

En buena lógica, tendría que haberse producido una afirmación unánime e inmediata de la libertad de expresión; un llamamiento gubernamental a la vigilancia ante el peligro extremista, que parece ser persistente, y la adopción de controles más estrictos sobre quienes demandan asilo. Pero no. Nada.

El 23 de septiembre, dos días antes del ataque de Mehmud, 90 periódicos franceses publicaron un artículo en pretendida defensa de la libertad de expresión. En él se decía: “Mujeres y hombres de nuestro país han sido asesinados por fanáticos a causa de sus opiniones (…) debemos unir fuerzas (…) para expulsar el miedo y hacer que triunfe nuestro indestructible amor por la libertad”. Era un texto deliberadamente vago, que no mencionaba quiénes eran los asesinos ni qué les motivaba.

El día posterior al ataque, varios comentaristas recomendaron que en Francia el amor a la libertad no fuera indestructible. Abogaron por la autocensura y –en un lamentable ejercicio de ‘culpemos a la víctima’– dejaron caer que los únicos responsables del ataque eran quienes decidieron volver a publicar las viñetas. “Cuando vuelves a publicarlas, juegas el juego de esas organizaciones”, afirmó en televisión la periodista Anne Giudicelli. “Al no decir ciertas cosas, reduces los riesgos”.

“Cuando provocas un shock en una persona”, dijo el presentador de TV Cyril Hanuna, “tienes que parar. Charlie Hebdo echó gasolina al fuego”.

Nadie hizo mención de la persistencia del peligro islamista, salvo el periodista Éric Zemmour. Curiosamente, el día del ataque Zemmour fue condenado a pagar una fuerte multa (10.000 euros, unos 12.000 dólares) por unas declaraciones sobre el islam que realizó en septiembre del año pasado y en las que afirmó que había “enclaves foráneos musulmanes” en Francia. El caso es que los hay. Al menos 750. También enfatizó que los ataques en nombre del islam no han desaparecido y que de hecho parecen aumentar. La Justicia decidió que con ellos había incurrido en “incitación al odio”.

Tras el ataque cuchillero, nadie ha pedido un refuerzo de los controles sobre los demandantes de asilo, salvo, de nuevo Zemmour, que dijo que “la presencia de menores no acompañados y no sometidos a control en territorio francés es un problema muy grave” y que “no debemos seguir acogiéndolos hasta que no se impongan controles drásticos”. Asimismo, incidió en que muchos de los sedicentes menores mienten sobre su edad, cometen delitos y resultan en “ladrones y asesinos”.

Sus palabras provocaron enseguida un escándalo monumental. Aunque no hizo la menor mención a razas o religiones, grupos antirracistas presentaron decenas de denuncias contra él y, cual autómata, el ministro de Justicia le abrió una nueva investigación por “incitación al odio racial” y por “prejuicio islamófobo”. Es probable que vuelva a ser condenado por los tribunales.

No obstante, los hechos demuestran que Zemmour lleva razón. El Observatorio Nacional de la Delincuencia y las Respuestas Penales (ONDRP) publicó recientemente informes que consignaban que el 60% de los asaltos, asesinatos y robos violentos registrados en Francia en 2019 fueron cometidos por “menores no acompañados”. En otro estudio reveló que en el Hexágono se producen cada día 120 ataques con cuchillo, cometidos por “menores no acompañados” o “refugiados” procedentes del mundo musulmán.

Por otro lado, el Directorio General para la Seguridad Interior (DGSI) informó hace unas semanas de que desde enero de 2015 se han frustrado 59 ataques islamistas. Ataques a los que, por tanto, hay que añadir los no frutrados contra Charlie Hebdo y el supermercado kosher; la matanza de la Sala Bataclan, el asesinato de Arnaud Beltrame (que recibió una bala por proteger a otras personas); el del padre Jacques Hamel, el de unos escolares en Toulouse, el de varios ancianos judíos en París y el de al menos 84 personas que contemplaban unos fuegos artificiales en Niza. Todos ellos fueron perpetrados por musulmanes franceses o musulmanes con residencia legal en el país.

La legislación francesa posibilita que prácticamte cualquier cosa sea considerada “incitación a la discriminación, el odio o la violencia contra una persona o un grupo de personas por su origen o su pertenencia a un grupo étnico, nación, raza o religión”. Una organización de jueces abiertamente marxista, el Sindicato Judicial (Syndicat de la Magistrature), ha cobrado gran influencia y recurre a leyes en vigor para suprimir cualquier crítica al islam o a la inmigración. Trabaja junto con entidades como SOS Racismo, fundada en 1984 por miembros del Partido Socialista; el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los publos (MRAP), creado en 1949 por mienbros del Partido Comunista (en un primer momento el MRAP se denominó Movimiento contra el Racismo y el Antisemitismo y por la Paz, pero quitó de su nombre lo de “contra el Antisemitismo y por la Paz” en 1989, cuando se volcó casi por completo en combatir el “racismo islamófobo”); el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF), creado en 2003 por miemros de la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF), la rama gala de los Hermanos Musulmanes, y la Coordinadora contera el Racismo y la Islamofobia (CRI), creada en 2009.

Cualquier crítica al islam puede derivar en una causa judicial. Los medios de referencia franceses, amenazados de persecución por su propio Gobierno, han decidido evidentemente no invitar a nadie a expresar opiniones que puedan conducir a una denuncia o condena. Zemmour aún sigue saliendo en TV, pero las multas cada vez más altas que se le imponen tienen por objeto silenciarlo e incluso imponer sanciones a sus anfitriones.

Ningún político francés se atreve a decir lo que él, ni siquiera Marine Le Pen, que ha sido condenada en varias ocasiones y, como sucediera en la antigua URSS, obligada a someterse a una evaluación psiquiátrica por mostrar a la opinión pública lo que el ISIS hacía con los “descreídos”. Así que ahora ha decidido ser “cautelosa”.

Las autoridades francesas siguen ignorando la mayoría de los ataques violentos cometidos en nombre del islam. Cuando se producen –contra una escuela judía en Toulouse en 2012, contra Charlie Hebdo y un supermercado kosher en 2015, en la Sala Bataclan en 2015, el atropello masivo de Niza en 2016–, las autoridades prometen “firmeza” pero no hacen nada.

Una semana después del ataque del 25 de septiembre, el presidente del país, Emmanuel Macron, volvió a prometer “firmeza” durante un discurso en el que denunció el “separatismo islámico” y el “adoctrinamiento” de los predicadores radicales. Asimismo, dijo que lucharía contra el terrorismo y liberaría al “islam francés” de las “influencias entranjeras” en las universidades y escuelas, y que “potenciaría el estudio de la civilización islámica” y el aprendizaje de “la lengua árabe”. No dijo nada que no hubiera dicho antes. Hace ocho meses, el 18 de febrero, pronunció un discurso idéntico en Alsacia.

Ibrahim Munir, portavoz de la Hermandad Musulmana en Europa, acusó a Macron de “herir los sentimientos de más de 2.000 millones de musulmanes” y de “actuar deliberadamente para incitar a los musulmanes a abandonar su fe”. “Las creencias de la Hermandad Musulmana han podido siempre sobreponerse a los yerros de los regímenes que recurren a abusos ilegales e inhumanos para distorsionar nuestro credo”, añadió. Manon Aubry, diputada de la izquierdista Francia Rebelde, comentó que “Macrón está obsesionado con estigmatizar a los musulmanes”.

Marine Le Pen, líder de Agrupación Nacional, declaró: “Macrón omitió ciertos puntos, probablemente de manera deliberada; no dijo nada sobre el terrorismo ni sobre la inmigración”; y añadió que “la inmigración masiva es un vivero para el comunitarismo [empoderar a grupos antes que a los individuos], que a su vez es el vivero del fundamentalismo islámico”.

La periodista Celine Pina comentó que Macron no habló de la situación de los demandantes de asilo. “Una vez más”, escribió, “Macron se niega a afrontar las causas de los problemas que padece Francia. El Gobierno combate el terrorismo pretendiendo no ver el vínculo entre la propaganda del islam político y la proliferación de actos violentos”. Por su parte, el columnista Ivan Rioufol escribió que “las medidas por las que aboga Macron no se corresponden con la urgencia de la amenaza”.

Jean Messiha, alto funcionario de origen copto y miembro de Agrupación Nacional, advirtió de que “el islam no pretende separar sino conquistar”. Y añadió que “hablar de un islam de Francia disociado del islam propiamente dicho no tiene sentido”. Como enfatizó correctamente el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, “no hay un islam extremista y un islam moderado; el islam es el islam y punto”. Además, Messiha adujo que “reforzar la enseñanza de la civilización islámica no es una prioridad en un momento en que tantos jóvenes franceses no saben qué es la civilización francesa”, y que “potenciar la enseñanza del árabe no hará sino alimentar la sustitución cultural“.

Francia es ya el país europeo con más población musulmana (unos seis millones de personas, o prácticamente el 10% de la población del país); cada año, son miles los individuos procedentes del mundo musulmán que llegan a Francia. La mayoría de los musulmanes del país residen en barriadas musulmanas de las que han huido la mayoría de los no musulmanes.

Un estudio de 2016 mostró que el 29% de los musulmanes residentes en Francia consideran que la ley islámica es superior a la francesa, y que tienen el deber de obedecer en primer y primordial lugar a la primera. Un informe reciente dice que, cuatro años después, la situación es peor. Ahora los que tal sostienen son el 40%. Además, parece que el 18% piensa que el mortífero ataque contra Charlie Hebdo en 2015 estuvo justificado. Entre quienes tienen 18-25 años, la cifra se incrementa hasta el 26%.

Los estudios muestran que si la ola migratoria continúa a su ritmo actual, Francia podría ser un país de mayoría musulmana en 30 o 40 años. Hay más países europeos moviéndose en la misma dirección; y sus líderes no muestran más coraje que los franceses. La censura contra las declaraciones antiislámicas está ganando rápidamente terreno en el continente.

Abdelaziz Chaambi, director de la Coordinadora contra el Racismo y la Islamofobia, declaró recientemente: “Los datos muestran que Francia será musulmana en unas pocas décadas (…) El islam es la segunda religión, la segunda comunidad, y aquellos a los que no les guste el islam deben marcharse de Francia”.

Al final del discurso que le valió la condena judicial del 25 de septiembre, Zemmour dijo a los franceses: “Hacéis bien en tener miedo”.

En estos momentos se está juzgando en París a quienes atacaron Charlie Hebdo y el supermercado kosher en 2015. Ahora bien, el juicio en buena medida carece de sentido. Todos los terroristas están muertos. Los acusados son gente que les procuró armas o refugio. Tienen fácil decir que no sabía a quiénes estaban alojando o para qué se iban a emplear las armas. Incluso han dicho que no saben nada de la yihad.

Comentando unas informaciones que decían que “el juicio ha desencadenado protestas en toda Francia, con miles de manifestantes clamando contra Charlie Hebdo y el Gobierno francés”, el jurista y comentarista norteamericano John Hinderaker escribió: “Cuando miles de personas se manifestan contra la persecución de unos presuntos asesinos, sabes que tienes un problema”.

El pasado día 9, Macron anunció que había conseguido la liberación de una mujer a la que tenía secuestrada en Mali un grupo yihadista. La liberación se obtuvo a cambio de un rescate de 12 millones de dólares y de la liberación de 200 yihadistas ya prestos a combatir contra soldados francés. La rehén, Sophie Petronin, una trabajadora humanitaria de 75 años, afirmó haberse convertido al islam, que su nombre actual es Miriam y que quiere regresar pronto a Mali para vivir entre yihadistas. Y que entiende por qué combaten contra el Ejército francés. Francia está oficialmente en guerra contra los yihadistas allí. Por lo visto, Macron tiene una manera bastante estrafalaria de librarla.

No es la primera vez que Francia paga un rescate, práctica que numerosos países rechazan enfáticamente porque no hace más que fomentar la toma de rehenes. Entre 2008 y 2014, Francia pagó 58 millones de dólares en rescates., más que ningún otro país. ¿Dónde hay que firmar?

Guy Millière, profesor en la Universidad de París y autor de 27 libros sobre Europa y Francia.